miércoles, 7 de octubre de 2020

Otoño.

Las gotas de lluvia se pegaban al cristal y se fusionaban entre ellas para deslizarse luego hasta el borde del ventanal. Fuera, el asfalto ya había tomado un color más oscuro por la humedad y las hojas de los árboles caían forzadas por el viento. Otoño, su estación favorita.

Ella abrió un poquito el cristal, dejando entrar el olor a tierra mojada que tanto la ayudaba a inspirarse siempre. Era como una ducha de agua hirviendo después de un día agotador. Como llegar al clímax que te ayuda a dormir en apenas unos minutos tras él.
El olor a tierra mojada siempre había sido inspiración, como una taza de capuchino caliente y su olor a caramelo. Sus pies helados bajo la manta indicaban la llegada del frío, su sensación favorita.

De pronto sus dedos se deslizaron por el teclado casi al mismo ritmo que la música que salía de sus auriculares. Miles de ideas colapsaban su mente a diario, pero hacía meses, tal vez más de un año, que una barrera entre ella y el papel en blanco se había interpuesto. Las ideas la perseguían en sueños, en las largas horas tratando de encontrar el sueño en la oscuridad de su habitación. Las ideas peleaban por salir como lo hacían antes, pero ya no podían. Muchas de ellas se habían perdido dentro de ella, esperando a su día para poder ver el negro de la tinta que las llevaría a la realidad. Ideas que nunca fueron, ni serán.




sábado, 16 de mayo de 2020

Todos mis eneros.
Me mirabas a escondidas, lo supe. Tus ojos brillaban reflejados en el cristal que tenía delante. Estabas imaginando el olor de mi pelo, te delató un suspiro. Hay quien dice que existen olores que son hogar. ¿Es por eso que te encanta? Las yemas de mis dedos acariciaban las teclas de mi portátil. Mi mente pensaba en tu piel, lo confieso. Tus labios alertaban a mi sistema nervioso de que seguir de espaldas a ti no era ni siquiera una opción. Ese maldito cristal también te delató con eso, lo siento. 
Pudiste acercarte, pero no lo hiciste. Evadías el momento con cualquier cosa que pudiera captar tu atención. Dejando que la descarga de emoción que provocabas en mí no me dejara seguir escribiendo. Haciendo que en apenas un segundo las estanterías de aquella biblioteca pasaran de ser casa para libros, a ser confidentes. Nos verían besarnos como aquella primera tarde de enero, muchísimos eneros más. 


lunes, 13 de abril de 2020

Dame alas.
Abro los ojos y aspiro todo el aire que me permiten mis pulmones. El sol en el ocaso se refleja en mis gafas. Camino rápida por la fila de tablas hasta que mis pies caen en la arena. Siento en mis dedos la arena fina que los cubre. Es suave y está caliente, aunque no quema.
Sigo caminando hacia donde rompen las olas, como imantada por algo invisible. Ese sonido es de los que más me gustan en el mundo. El agua que rompe con el viento y cae en la arena formando la espuma blanca que te cosquillea en los pies.
Huele a sal, a aire fresco y me siento libre. El sol cada vez cruza más la línea del horizonte y cada vez crea colores más bonitos en el cielo. Si tuviera alas lo perseguiría tras ese horizonte, siguiendo el inmenso mar que tengo delante de mí ahora. Si tuviera alas podría volver cada vez que quisiera, cada vez que lo necesitara. Podría volar siempre y que nadie me encuentre.
El sol termina de esconderse y cierro los ojos, suena el despertador.
Otro día más en la jaula.