lunes, 7 de octubre de 2019

Silencio.
Quiero irme. Lejos de este caos, el ruido me persigue y yo solo estoy buscando el silencio. El ruido está en mi cabeza y el silencio demasiado lejos. No quiero oírlo, no quiero oírme. Necesito escapar como cuando sales de un sitio donde vuelve a sonar el mismo timbre una y otra vez, la misma estrofa de esa canción tan horrible y que todo el mundo adora. A veces el silencio lo despreciamos porque no sabemos estar con él, ni aprovecharlo, pero seguro que todos en muchos segundos de los que tiene el día desearíamos que el silencio viniera de visita a nuestra cabeza para borrar todo eso que la ocupa y que bien no nos hace. El silencio es salvavidas cuando todo lo que tienes a tu alrededor es ruido y caos, y ninguna melodía te queda cerca.

jueves, 22 de agosto de 2019

Quiero estar en los recuerdos. Quiero que no me olviden, que no me olvides tú, si me estás leyendo y me conoces. Que me tengas presente en algún recuerdo aunque pasen los años. Que sepas mi nombre aunque haga mucho que no lo pronuncias, y si no lo recuerdas, que trates de unir las letras en la punta de la lengua y lo pienses hasta que salga. Quiero pertenecer a un recuerdo de aquellas personas que pertenecen a los míos.Creo que quiero una utopía, como la mayoría de veces. Aunque yo sí recuerdo, no es tan difícil. Solo consiste en tener los momentos de tu vida presentes y atarlos a las personas que fueron parte de ellos. Yo no me olvido, porque es parte de mí, de alguna manera. Ya no estáis conmigo, pero en el recuerdo sí. Y tengo siempre esa sensación de olvido, de no ser recuerdo de casi nadie. No importa que sea un recuerdo negativo o positivo, al fin y al cabo, cada cual guarda dentro lo que quiere. Pero guárdame, en un pequeño rinconcito si quieres, prometo no ocupar mucho, pero no me gusta que me olviden. Quiero ser parte de algo, además de mí. Miedo al olvido le dicen...creo. 




martes, 30 de julio de 2019

Atardece.
La luz siempre ha sido signo de alegría, felicidad; la luz es vida y la ausencia de ella queda en lo negativo de prescindir de todo eso. La mayoría de personas veneran la luz, la necesitan para darse impulso, para vivir, para ser. Otros viven en la oscuridad, disfrutando de no ver y conocer sintiendo. Casi a ciegas, a excepción de alguna luna que aparezca de vez en cuando y les ilumine el camino. Luz. Incluso en la oscuridad está presente. Todos nos hemos sentido atraídos alguna vez por un destello de luz que ilumine tanta oscuridad.
Mi momento es cuando la luz quiere irse. Cuando no está y tampoco se ha ido. El punto intermedio, la fusión, el brillo de colores que suponen cada trozo de mí. Naranja, morado, azul, rosa, verde, amarillo. Atardece. Ni luz ni sombra. La nitidez en la línea del horizonte y la pérdida de detalles en lo que ya no se distingue debajo de ella. La ciudad oscurece. Intenta recuperar la luz con pequeños puntos brillantes, pero nada parecido al brillo que bañaba su perfil horas antes.
Una pasajera de un tren disfruta viendo como el sol deja a oscuras la ciudad y le trae la noche,le regala la inspiración en esa mezcla de colores que la tiene como hipnotizada. Entre esos colores se envuelve ella, la oscuridad ha llegado.


jueves, 6 de junio de 2019


Relato ganador del 
II Concurso de Relatos Cortos de Lora del Río

EL INFIERNO PROTEGIDO CON CERROJOS
El cerrojo me ha enseñado cada noche a encontrar una sensación lo más parecida a la protección que existe. Cuando queda echado todos se marchan. Me protege a mí y a las que son mis compañeras desde hace lo que parece ser mucho tiempo. Este cuarto es lo más nuestro que tenemos desde que cruzamos el hall de esta pensión gracias a aquella ficticia oferta de trabajo. Este cuarto es lo más nuestro o quizás lo que aparenta ser menos de ellos. Ni siquiera tengo claro a quien le pertenezco yo ahora. Ellos vienen, uno tras otro, sin mirarme a los ojos y se apoderan de mí, de lo que era antes de entrar aquí y de lo que pude ser alguna vez, aunque esos recuerdos ya casi no existen. Se han encargado de hacérmelos olvidar bien a base de palizas. Mi identidad ya no es la misma, ellos deciden cambiarme el nombre cada noche; mi gesto está muy lejos del que era y no solo por los golpes de los dueños del cerrojo, sino porque lo que hay dentro, lo que no se ve a simple vista, está herido y para eso no se ha inventado cura, jamás la habrá.
Cuando el cerrojo me protege casi al comienzo del día y mis compañeras intentan conciliar el sueño, a veces vienen a mi mente los muchos cerrojos que habrá aislando la libertad de miles de mujeres en todo el mundo. Me da miedo pensar en esa igualdad a la que temo, vista desde mis ojos. Que seamos iguales me produce tristeza, que miles de mujeres hacinadas en cuartos al fondo de cualquier burdel piensen en sus iguales, da miedo.
Un cerrojo puede significar para muchas personas la limitación de la libertad, para mí, mujer víctima del tráfico humano, es mi único trocito de libertad conmigo misma cuando el día comienza. La noche, mi identidad, mis recuerdos, mi cuerpo, mi capacidad de sentir y toda yo, se las han apropiado ellos. Los primeros rayitos del día tras el cerrojo son míos y es lo único que ellos han decidido no robarme, en un mundo no tan paralelo al que todo el mundo conoce y en el que los derechos humanos se han esfumado como estos minutos conmigo misma. Estar tras un cerrojo solo te brinda un poco de protección, aunque parezca irónico.
Abro los ojos al escuchar el cerrojo abrirse. Ellos lo cierran para que no huyamos y lo que no saben, es que con el cerrojo echado es nuestra única opción de huida. Él entra, los primeros clientes llegarán pronto, tenemos que arreglarnos. Un día más en este infierno gobernado por los peores demonios.